El sol desaparece, agotado
por la jornada, quiere esconderse bajo el manto de la noche; sabe lo que está
al caer, lo teme, lo odia.
Los magos marcan con runas el
aire y la tierra, lo antinatural puebla la noche, huye del día. Para lo arcano
no existen leyes, ni límites, solo saber o no saber, ser capaz o no. Yadur
susurra el encantamiento con extrema precisión, acaricia cada letra, surca el
aire con sus dedos rasgando la realidad, creando runas para alterar y mezclar
las leyes de la naturaleza. Al mismo tiempo, Gael, el caballero de la Luna, acaba de rezar a sus
dioses, se levanta y se dirige hacia su monarca, al que idolatra, al que ha
entregado su voluntad y su futuro. La fe que tiene hacia su señor, no tiene
límites, sin embargo, ¿sucede igual en sentido contrario?
En otra parte del mundo,
arropada en su dulce complacencia, la
Reina disfruta de su recién estrenado mandato en la ciudad
más bella del reino, Calamansa; desde sus torres ve pasar los días,
plácidamente, como si nada más ocurriera en su extenso territorio. No está
preparada para lo que, inminentemente, se va a cernir sobre sus dominios, no sabe
qué hacer… Luchará, dejará a sus consejeros parte de la responsabilidad a la
que ella debería enfrentarse.
En el extremo opuesto del
reino, en los Bosques Oceánicos, Valim, el elfo, cierra sus puños, maldice,
está cansado de sanar a su gente, quiere partir hacia la batalla. Su pueblo está
atrapado en los bosques, en sus bosques, invadidos por hordas de orcos que les
atacan sin motivo aparente. Él sana a sus hermanos y mata enemigos con el mismo
fervor.
¿Qué hará cada uno de ellos? ¿Cuál
será su decisión? Buena, mala, o tal vez, gris…
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